A Brasil le salió el tiro por la culata

Un Mundial pensado para convertirse en su consagración como país avanzado terminó como la constatación de sus debilidades

ProtestaBrasil2Recién finalizado el mundial de Brasil, es momento de analizar, aunque sea por encima, la extraña conexión del mundo del deporte, el populismo y la manipulación política de los resultados deportivos. Brasil ha sido un ejemplo maravilloso y un aldabonazo que debería tener –aunque no las tendrá– serias consecuencias.

Los organismos que rigen el deporte internacional  se llevan bien, demasiado bien con todo tipo de dictaduras, populismos y regímenes extraños, otorgando Mundiales, Juegos y competiciones internacionales de todo tipo, a sistemas y regímenes políticos demasiado dispuestos a convertir esas celebraciones en espaldarazos electores o populares.

Brasil, que debería estar bastante ocupado en transformar su sociedad y abandonar de una vez por toda esa miseria inhumana que impera por sus campos y ciudades, ha querido convertir la celebración del mundial en la validación de un sistema y un gobierno, pero le ha salido mal, muy mal.

Las protestas callejeras, antes, durante y después del mundial, han sido muchas y la decepción enorme, llevando a los brasileños a un estado de estupefacción  que no se corresponde con la verdadera trascendencia de lo que sólo es un juego. También ha dejado al gobierno a los pies de los caballos y sin oxígeno para afrontar lo que les cae encima: la organización de unos juegos olímpicos heridos de muerte desde el mismo día en el que Alemania hizo historia y metió 7 goles en la portería de un equipo inerte.

El deporte profesional es algo demasiado cercano al fascismo, al triunfo del cuerpo disciplinado y ajeno al dolor, demasiado cercano a la idea de la supremacía física de una clase superior creada sobre la base de muchos débiles, aquellos que no llegaron. Pero esa naturaleza, demasiado oscura para ser publicada de forma habitual, queda enmascarada por la utilización política de sus triunfos y sus héroes. Vicente del Bosque tuvo que recordarnos que esto es solo un juego y que sus jugadores no habían cometido ningún delito, pero los mensajes de sensatez no llegan allí donde habitan las pasiones y tanta falta hacen.

Brasil ha despertado de un sueño convertido en pesadilla, pero en la lejanía aguardan los problemas de Qatar y sus sucios manejos, unos juegos que muy probablemente generarán demasiados problemas y un sistema putrefacto que juega peligrosamente cerca de los populismos, la corrupción y la manipulación interesada de lo que el deporte es a costa de haber olvidado lo que debería ser.

Los argentinos se narcotizaron con su mundial olvidando lo que eso suponía de validación para el régimen de Videla, pero a Brasil le ha salido el tiro por la culata y lo que estaba pensado para convertirse en la consagración de un país moderno y avanzado ha terminado en la constatación de sus propias debilidades.

El dinero de los pueblos hay que destinarlo a lo esencial y el deporte profesional, no lo olvidemos, es un lujo innecesario que no todos pueden permitirse y que no justifica ni valida nada. Esas celebraciones deben reservarse para aquellos que puedan manejar su intrascendencia con naturalidad y sin que las enormes inversiones necesarias supongan menoscabo alguno para sus obligaciones sociales esenciales: educación, sanidad, justicia, igualdad de oportunidades, estabilidad económica y un digno nivel de vida para toda o casi toda la población. Sobre esa base, consolidados los mínimos, es cuando se podría pensar en darse un relajo y destinar una pequeña parte de los recursos a la celebración de un espectáculo que nada aporta, nada deja y cuya única misión es hacernos pasar un buen rato. Nada más.

Lo demás, todo lo que no sea eso, es populismo, manipulación y corrupción moral.

 

 

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