Gimnasia filosófica: “Anaximandro y tu nombre”.

El filósofo nos propone dos ejercicios basados en el “apeiron”, concepto creado por el pensador presocrático.

Anaximandro (610 a.C.-547 a.C.)

Anaximandro (610 a.C.-547 a.C.)

Retornamos a la Filosofía. Bueno, a sus inicios. Y seguimos con los físicos milesios. De lo húmedo de Tales a algo que se le parece bastante, aunque, no exactamente. Hablamos de un discípulo suyo, del primer cartógrafo conocido, y del primer pensador del que se tenga noticia que escribiera algo. Anaximandro (610 a.C.-547 a.C.).

El principio de todo no puede ser uno de los cuatro elementos (agua) porque, de ser así, éste prevalecería sobre los demás, cosa que es evidente que no sucede. Debe de ser otra sustancia fundamental. “To apeiron” la denomina Anaximandro. A bote pronto traduciríamos la expresión por “lo in- finito”, y no está mal, siempre y cuando aclaremos el sentido de la expresión. Lo que carece de límites exteriores o interiores, lo no-determinado o indefinido. El apeiron no es nada (no es esto ni eso ni aquello), pero tampoco es la nada; se trata, más bien, de lo no-algo. Sustancia primigenia en cuyo seno sólo hay cualidades, no cosas. Una infinitud negativa: lo no-perfecto o no-acabado. En el apeiron, en su superficie, para ser exactos, que es un vórtice, emergen todas las cosas, el mundo, el orden (cosmos), merced a un perpetuo movimiento azaroso de atracción y repulsión de ciertas cualidades -frío-calor, húmedo- seco, etc.- donde unas acaban imponiéndose o prevaleciendo sobre otras (injusticia). Ahí lo real. Realidad cuyo fin último es degradarse y disolverse de nuevo en el apeiron (justicia), de donde habrán de surgir nuevos mundos, todo ello según el orden del tiempo. Dejémoslo aquí. Anaximandro nos da pie a proponer dos experiencias de primer orden. Una, condescendiente con el presocrático. La segunda, no tanto.

Primera experiencia: cualquier día que puedas, acércate en soledad a la costa de algún mar próximo. Si no tienes a mano alguno, basta con que lo imagines. Detente un instante y contémplalo un rato cuidándote de hacerlo no tanto en lo que tiene de acuoso cuanto de informe e indeterminado. Si centras tu atención en esto no tardarás en verte sobrecogido, es decir, empequeñecido. Se apoderará de ti la conciencia de tu “ser algo” frente a lo que nada es, frente a lo inabarcable e indecible. Quizá entonces surjan en ti interrogantes como estos: ¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo he podido emerger de ese inmenso magma sin perfiles? ¿Por azar? ¿Qué es el azar? ¿Entiendo de verdad esta palabra? ¿No seré acaso parte de alguna intención oculta a mis ojos de ese maremágnum sin nombre? Y ¿cómo es que yo puedo hacerme ahora esta pregunta? Déjalo aquí y retorna a casa o al bar. Lo harás muy filosóficamente; posiblemente, con un sentido agudizado de tu limitación; a lo mejor, más modesto; a lo óptimo, menos encumbrado en tus vanidades, aquiescente con el inexorable destino que le aguarda a tu pasajera vida.

Segunda experiencia: procede inicialmente de igual manera sólo que esta vez sitúate frente al mar en compañía de alguien cercano o querido. Contemplad en silencio el mar. Al cabo, cuando empieces a sentir que te invade la misma sensación de apocamiento, vuélvete despacio y mira a los ojos de tu acompañante con suavidad, sin inquisiciones. Quizá entonces se te susciten estos otros interrogantes: ¿Qué haces tú ahí? ¿Es posible que tu mirada sea una casualidad salida de lo que nada es, del mero azar y el conflicto, a lo que habrá de retornar inexorablemente? ¿Es ésta una explicación suficiente para esos ojos que son los tuyos y que yo contemplo ahora? De ser así, acto seguido, pronuncia el nombre de tu acompañante y cuestiónate en silencio: ¿Es, acaso, tu nombre, Beatrix, una simple combinación de letras lanzadas al aire sin propósito alguno cuyo único destino haya de ser el de regresar al pozo oscuro del mutismo?

Si llegas hasta aquí es posible que pases del sobrecogimiento a la perplejidad y, de aquí, al inconformismo. Quizá, entonces, te rebeles y te digas: es muy fácil decir que tu nombre, Beatrix, es un azar, pero no tanto cuando te miro a los ojos, cuando yo me veo en ellos y cuando, al hacerlo, siento la atracción irresistible de su co-presencia. Quizá, entonces, te invada la conciencia y el trasunto de que lo verdaderamente insondable, el principio y fin de todo se halla más bien en toda mirada humana amada. Y quizá, entonces, retornéis los dos a casa o al bar de la mano dando la espalda al mar, intuyendo que el gran misterio no es el mundo sino nosotros mismos, que lo contemplamos; que tu mirada, Beatrix, es la genuina fuente de mi sobrecogimiento; que la verdad fundamental es la de que tú y yo somos y estamos juntos aquí y ahora y nos miramos y nos llamamos por nuestro nombre.

Desde luego, hay filosofías muy elevadas cuya enseñanza principal es pasar de largo cuando nada nos dicen.

Nuestro experto:

Nacido en Madrid (1968) y residente en San Sebastián, obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura y es doctor en Filosofía. Durante su estancia en la Universidad de Oxford desarrolló trabajos de investigación en la Bodleian Library y en la Taylorian Institution Library. Cuenta con formación en Asesoramiento Filosófico...
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