Gimnasia filosófica: La recomendación del ingeniero.

Reflexiones sobre el aforismo de Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse»

En nuestra propuesta de ejercicio filosófico de hoy vamos a tomar como pie el afamado séptimo aforismo o proposición del Tractatus Logico Philosophicus del pensador Ludwig Wittgenstein (1889-1951) -del primero, pues hubo dos-, a saber, aquél que reza así: «Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse». Una recomendación o, mejor, una exigencia de guardar silencio. El mutismo como obligado reverso de la palabra vacía, carente de todo sentido pese a lo que puedan sugerir todas las apariencias. Bien sabía el austríaco que son los silencios, igual que las sombras en pintura, que confieren volumen y patencia a las representaciones de sus objetos, los que perfilan lo real concebible (fáctico [mundo] y posible [realidad]), a saber, nuestro mismo pensamiento, que es nuestro hogar. Si vivir adecuadamente tiene algo que ver con el conocimiento del lugar que se habita, saber esto, ésta es su enseñanza, no es otra cosa que alcanzar plena conciencia de cuándo nos es dado pensar-hablar con sentido y cuándo estaríamos mejor callados. Tal es el ejercicio filosófico que hoy proponemos. Una práctica no sólo de salud mental (¿qué demonios significa esto?) sino, lo que aquí de verdad nos interesa, de claridad y coherencia en el pensamiento-lenguaje, antesala de toda posible vida exenta de extravíos: saber cuándo nos toca cerrar la boca y cerrarla.

Ni que decir tiene que no pretendemos ahondar en las ideas del primer Wittgenstein que, como bien se sabe, son el pensamiento abrumadoramente reduccionista de un ingeniero, una perspectiva escueta sobre lo real de la que él mismo no tardó en desdecirse -o matizar- con la debida rotundidad. Por lo tanto, de la conclusiva séptima proposición del Tractatus no nos atañe nada de lo que la antecede; sí, todo lo que ella tiene en sí misma de exigencia de rigor y sentido.

Hay silencios prudentes, taimados, expresión de duda, asertivos, transitorios… ignorantes y sabios. A estos últimos vamos. Es el silencio frente a lo que no se puede pensar-decir absolutamente. En primer lugar, frente a lo que ni es ni puede ser (imposible). No de manera fáctica (hechos) sino ante aquello que, aunque uno se esfuerce y hasta considere lo contrario, resulta impensable-decible. Aquí el “callarse la boca” equivale a desembarazarnos de nuestras meras palabras y afirmaciones vacías, carentes de referentes, no menos que de nuestros razonamientos inconsistentes y falaces, etc… El silencio como consecuencia de una disciplina lógica aplicada una y otra vez con uno mismo. En segundo, frente a lo que sólo se muestra, es decir, frente a aquello que se nos impone en nuestra experiencia pero que sólo podemos indicar, señalar, no decir: sabemos que pensamos pero el pensamiento no es decible igual que la pintura no puede representar el hecho mismo de su pintar o representar; somos conscientes de que estamos en el mundo, pero el mundo, en su singular totalidad, tampoco puede decirse, dado que esto requeriría estar fuera de él, etc… Lo que se sólo se muestra no son los hechos visibles, palpables, tangibles (sí, esos de los que se ocupa la Ciencia) sino todo lo que los acompaña implícitamente cuando tenemos experiencia de ellos, cuando los contemplamos, los sentimos, etc… todo aquello sin lo cual -suponemos- no nos es dado vivirlos… tampoco conocerlos científicamente. Lo que se muestra: el valor, el bien, lo divino, el mundo, la existencia, el conocimiento, etc…

Este segundo “callarse” es más rico en sus derivaciones. No significa necesariamente taparse la boca o vaciar la cabeza de todo pensamiento. Aquí el silencio sabio debería parecerse más a una sugerencia, al discurso aproximativo, tal y como lo son el poético o el filosófico… Palabras creadoras de lenguaje, palabras del “por aquí puede que sí, por aquí puede que no”.

La importancia de estos dos silencios se ponderará adecuadamente si caemos en la cuenta de que entrambos, solitos, configuran nuestro espacio vital al delimitar el terreno de juego de nuestra experiencia, esto es, al trazar las fronteras de sus misterios últimos, que son los de nuestra propia existencia, ella misma el primero de todos: la existencia ni se toca ni se ve ni se prueba ni se demuestra ni se dice… Ella es (more kantiano) condición de posibilidad de todo decir. Sólo se muestra.

Ensáyalos una y otra vez y no te lances a hablar de buenas a primeras sobre aquello sobre lo que tus afirmaciones sólo pueden alcanzar a ser una retahíla de palabras pronunciadas de oídas, carentes de todo sentido y presuntuosamente endiosadas. No vivirás más años, pero sí mejor.

Nuestro experto:

Nacido en Madrid (1968) y residente en San Sebastián, obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura y es doctor en Filosofía. Durante su estancia en la Universidad de Oxford desarrolló trabajos de investigación en la Bodleian Library y en la Taylorian Institution Library. Cuenta con formación en Asesoramiento Filosófico...
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