“Hablando (último aliento)”

El texto de Irma Correa describe la desesperación de una mujer en busca de razones para seguir viviendo.

Nuestra conciencia, como un enemigo interno, una termita que nos va royendo lentamente a través de la angustia, es, definitivamente, nuestro peor rival. La soledad comienza a ser un tema frecuente de nuestra época, una situación para la que paradójicamente no encontramos asidero, cuando vivimos en sociedades densas que nos ofrecen todo tipo de posibilidades de acción y de ocio. En ocasiones ese aislamiento se alcanza tras la continua violencia en el hogar. Parece que nadie puede ayudar a esa mujer atemorizada, que nadie la comprende, que ningún familiar o amigo se preocupa lo necesario por ella. Es ahí cuando el pensamiento se desboca y la depresión resuelve que no hay más camino que el fin definitivo. Hablando (último aliento) se aleja de la crónica típica y realista acerca del maltrato machista. Se aproxima a través de un engañoso thriller —en el que podemos ver a una chica atada a una silla, mientras otra la vigila—, que discurre hacia lo simbólico con pizcas de lirismo. Estamos en verdad ante una conversación de la víctima, amedrentada por su marido, consigo misma. Ante la visión de ella secuestrada reclama razones para morir, mientras el alcohol cae en su gaznate y el tiempo avanza en su contra, con alguna llamada telefónica y el golpeteo de la puerta. También los gritos de su esposo, aunque quizás resultan innecesarios. La duplicidad de personalidades balancea las fuerzas. La mínima entereza que la sostiene se va extinguiendo paulatinamente, cuando recuerda su pasión por la botánica y la otra joven lanza preguntas incómodas que dinamizan la función y rompen las inercias. El texto de Irma Correa posee la virtud de situarnos ante un misterio, de dirigirnos por los vericuetos inasibles de esas dos personas en el proceso dialéctico de la desesperanza. Ha sabido crear una férrea alegoría de la autodestrucción provocada; pero, desgraciadamente, no ha sido capaz de cerrar una historia que se mantenía sujeta por una interesante coherencia, que consistía en un discurso recluido en la cabeza de la protagonista. Que los quince minutos finales estén repletos de explicaciones que no vienen a cuento, chafan una función que marchaba con su lógica. La dramaturga había empleado los recursos visuales precisos (el vestuario, el espejo y hasta el programa de mano) para que el relato quedara claro, si es que aceptamos que el público es mínimamente inteligente. Si nos ha mostrado su quebranto y su consternación, ¿por qué debe justificar de dónde viene cuando es fácil imaginarlo?

Uno de los puntos fuertes del montaje es, sin duda, la interpretación de las dos actrices, dirigidas inteligentemente por Ainhoa Amestoy, quien ya trabajó con Lidia Navarro en Quijote. Femenino. Plural. Por lo tanto, debemos entender que, de alguna manera, existe una línea de trabajo de nobles intenciones relacionada con visibilizar a la mujer en los ámbitos que se requiera. Ofrece Lidia Navarro una generosa gama de sensaciones, muchas de ellas contradictorias, que consiguen plena credibilidad; agarra su papel de principio a fin con el fino hilo de la duda. Su compañera, Muriel Sánchez, va ganando enteros cuando deja atrás sus primeras frases, quizás un tanto prototípicas, y toma por instantes la iniciativa y se exige más actoralmente con ciertos toques de brusquedad. En el desenlace logra un verdadero hálito de inspiración. Contribuye a la buena factura del espectáculo, la propicia escenografía de Elisa Sanz, quien ha ideado un enorme vallado, como una tupida cancela o una membrana metálica que nos traslada la asfixia psicológica de la protagonista. A ello se le une la iluminación pertinente y tenebrosa de Marta Graña, que ha definido excelentemente los momentos adecuados de significativa luminosidad. La música barroca que suena de una vieja radio y los diferentes ruidos, necesarios para apuntalar el simbolismo y la verosimilitud, a cargo de Nacho Valcárcel y David Velasco, cierran una labor artística sugerente.

Hablando (último aliento) escarba en la desesperación de una mujer que es muchas mujeres, que ya no encuentran sujeción en la vida y que se ven a sí mismas, en soledad, preguntándose por qué merece la pena seguir. El teatro, en esta ocasión, nos ayuda a empatizar con ellas y a comprender cómo el sufrimiento las va carcomiendo en su propia conciencia.

Hablando (último aliento)

Autor: Irma Correa

Dirección: Ainhoa Amestoy

Reparto: Lidia Navarro y Muriel Sánchez

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz

Iluminación: Marta Graña

Música y espacio sonoro: Nacho Valcárcel y David Velasco

Ayudante de dirección: Raquel Berini

Ayudante de escenografía: Paula Castellano

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotografía: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 7 de mayo de 2017

 

Calificación: ***

 

Nuestro experto:

Profesor de Lengua castellana y Literatura en un instituto de Madrid. Licenciado en Filología Hispánica y en Filosofía, además, está Diplomado en Magisterio. Ha colaborado como articulista de opinión durante varios años en La Opinión de Zamora. Ahora participa en la revista digital Ángulo Muerto. Interesado en las...
Lee más sobre nuestro experto Ángel Esteban Monje

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