No toquéis el rabo de mi bóxer

Porqué estupideces enormes se venden como grandes logros.

Boxer de 12 semanas

Su trabajo es entretener, pinchar, molestar constantemente vociferando grandes hazañas civiles que rondan la gilipollez profunda. Esa especie de Gran Hermano Tonto que se ocupa de distraernos con su birlibirloque de las cosas que importan (como antes hacían el fútbol y, según Marx, la religión) va creando una maraña kafkiana en territorios delicados, un laberinto de árboles sin salida para que al hombrecillo o mujercilla otrora cabal se le haga a cada minuto más difícil ver el bosque.

Es tolerable que a nadie se consulte si procede o no vivir bajo una monarquía, y que los agujeros de la justicia faciliten sus escapadas a paraísos fiscales a los ladrones de cuello duro y cara aún más pétrea. Contra estas cosas, el hombrecillo o mujercilla nada puede hacer. ¿Cómo podría?. ¡Es tan vasta, lejana y sobrecogedora la Gran Maquinaria!. El poder está lejos. Que todo siga, pues, tan enmierdado como andaba. Que nada de lo que se debería cambiar, cambie. Pero, ¡ojo!, no seamos derrotistas. Alguien vela por que nuestro progreso hacia una civilización más exquisita no se detenga. La misa de la 2 es homófoba (¡alguien tenía que decirlo!, ¡ya era hora!). Y, sobre todo, es asesino y cavernícola acortar el rabo de los pobres canes.

¿Seré el único que se cansa de escuchar estupideces? ¿No tendrá fin este chorreo de cretinismo ascendente que no afronta ninguna tropelía de verdad y se obstina en la necedad más enervante?

Siempre he amado a los perros y casi siempre tuve bóxers, animales de una fuerza, una nobleza, una inteligencia, una expresividad y una alegría difíciles de hallar (juntas o separadas) entre los humanos. Pero ahora veo con claridad, gracias a la iluminación que proporciona el Gran Hermano Tonto, la abominable crueldad de mi familia al acortarles el rabito cuando eran cachorros. Gracias, he visto la luz. Tal brutalidad sólo sería comparable, y de lejos, a la ablación femenina.

Escuche el que quiera oír: Cuando se corta el rabo a un perro, éste no se entera porque sus huesos no se han formado del todo y casi son ternillas gelatinosas. Y lo más importante. El motivo fundamental para hacerlo, en los bóxers en concreto, no es una nadería esteticista de perversas mentes decadentes, sino un afán de proteger al perro en las posibles grescas que mantengan con sus pares, ya que la cola es su apéndice más mordible y menos útil. Y hasta que los voceros del GHT no logren convencer a los canes para que solventen sus disputas de otro modo, pues ellos muerden y pelean. Menos que nosotros, pero pelean.

Viví el tormento culposo y la conversión sincera de tibio taurino esteticista en a-taurino convencido cuando presencié y escuché agonizar a aquel astado del lote de Talavante. Fue y será mi último toro, salvo los que pueda admirar en la libertad de las dehesas. Pero, ¡coño!, ¡por favor!. Dedicad las energías, ¡oh grandes tontos urdidores del Gran Hermano Tonto que osáis distraer a hombrecillos y mujercillas de las cosas que importan!, a causas más dignas de empeño. Por ejemplo, la de que se someta a votación popular de una maldita vez si tiene o no sentido la monarquía u otras fantochadas.

Y dejad de tocarle el rabo a mi bóxer.

Nuestro experto:

En más tres décadas de experiencia periodística ha dirigido algunas publicaciones (Night, Man), ocupado puestos de responsabilidad en otras (La Luna de Madrid, Surexprés) y asesorado varios proyectos editoriales. Ha participado en debates, organizado exposiciones, conciertos y semanas culturales, coordinado oficinas de prensa y ejercido de experto en...
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