Orgullo Gay

Treinta años de celebración y sigue siendo necesario el grito por la libertad y normalidad de lo que a tantos sigue pareciendo anormal

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Imagen del fotógrafo Paco Rubio tomada en Madrid durante la celebración del Orgullo Gay

La celebración en Madrid del día del orgullo gay, en contra de toda la presión del consistorio de Botella, demuestra que -exageraciones aparte – la reivindicación del colectivo sigue siendo necesaria. Contra el determinismo que obliga a aceptar la anatomía como destino de género y conducta, se levanta la eterna realidad de las conductas humanas, múltiples, graduales y libres. La sexualidad humana hunde sus raíces en una etología social que, a pesar de lo que dice la caverna, no se basa en blancos y negros sino, muy probablemente, en toda clase de grises. Si alguien tiene dudas, que le eche un ojo a los orgiásticos momentos sexuales de los simios bonobos. Todo un ejemplo.

Influidos por la Iglesia Católica más reaccionaria, nos hemos dejado llevar por la negación de la evidencia condenando todo lo quedaba fuera de sus estrechas y restrictivas directrices. La homosexualidad humana es una realidad que nos acompaña desde siempre y a pesar de todas las difamaciones que se han lanzado contra ella,  jamás ha determinado ninguna clase de comportamiento definido por tal condición.

A los que ya ni siquiera peinamos pelo alguno y nos señorea la calvicie, se nos quiso enseñar que los “maricones” debían ser cobardes, taimados, traidores y no cuantas cosas más, todo falso como la historia nos demuestra a poco que nos interesemos en el tema.

Madrid se volcaba en una fiesta mientras las informaciones sobre la situación social de los homosexuales en el resto del mundo, especialmente en África, sigue siendo dramática. Condenados a muerte o a cadena perpetua, los homosexuales de ambos lados y géneros intermedios, se han convertido en la pieza de caza por excelencia, en el blanco de predicadores llegados de los USA  para exportar su enloquecida cruzada contra su demonio preferido.

Alguna vez, dentro de mucho, los historiadores, psicólogos y sociólogos darán con las claves que expliquen esa obsesión por el sexo con la que todas las religiones nos fustigan sin piedad. Es como un hilo conductor, un lugar común contra todo aquello que sólo su miedo podría explicar. Miedo a la diferencia, a las propias atracciones, a la libertad y al placer en general. No hay lugar para el placer o el sexo en ninguna religión que yo conozca, sólo para el “gozo” -¿os habéis fijado que los únicos que usan la palabreja son los curas? Ellos son los únicos que gozan -misterio- de la beatífica paz con su dios, cada cual con el suyo. Extraño onanismo asexuado que tantas pinturas y escritos nos dejaron en los místicos y cuyas raíces parecen conectar con los más profundos terrenos de los bajos, la verdad.

 

 

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