Hay situaciones muy difíciles que la vida nos pone por delante y que hay que tratar de resolver para que no se enquisten y para que no generen más problemas de los que podamos asumir. Y tengo que decir que un foco de aparición de esos problemas está muchas veces en las relaciones sentimentales que los seres humanos podamos tener a lo largo de nuestra vida. Si no hemos escogido a la persona adecuada para estar a nuestro lado o si esa relación que tenemos se ha ido deteriorando van a ser asuntos que van a influir de manera negativa en nuestro día a día y van a provocar que sintamos que nos encontramos en uno de esos momentos negros de la vida.
Todos y todas hemos pasado por momentos así y yo no iba a ser menos. Estoy aquí para compartir mi experiencia con todos vosotros y vosotras, algo que no me suele resultar fácil pero que sé que puede ayudaros a decidir qué hacer en alguna de esas situaciones comprometidas que tenemos a lo largo de los años. En mi caso, entran en juego una esposa y un hijo, por lo que de antemano podréis suponer que no ha sido una situación fácil pero que, ya os adelanto, no ha impedido que haya encontrado una solución como la que necesitaba para mi vida. Y menos mal. Me habría vuelto loco en caso de no haber podido encontrarla.
Hace algunos años, mi exmujer y yo estábamos felizmente casados y llevábamos la vida que queríamos. Al poco de casarnos nos compramos una casa que respondía a las necesidades que teníamos en aquel momento. La convivencia era magnífica y, fruto de ella y de nuestro amor, nació nuestro primer y único hijo. El momento en el que él vino al mundo fue uno de los más felices de mi vida, pero también empezó a marcar una nueva época en la relación que yo tenía con mi por entonces mujer. Antes habíamos tenido muchos momentos libres en los que cultivar nuestro amor, pero ahora teníamos una obligación muy grande. La más grande que un ser humano puede tener.
Fue entonces cuando empezaron las discusiones. Nosotros éramos una pareja trabajadora, teníamos turnos de trabajo de 8 horas y ya sabéis que organizarse puede ser muy complicado en este tipo de situaciones. Intentamos llevarlo lo mejor posible, pero llegan momentos en los que los nervios y los roces aparecen. Y eso fue lo que nos pasó. Empezamos a discutir más de la cuenta y a echarnos cosas en cara. Poco a poco, la tensión fue subiendo y llegó hasta puntos en los cuales nos empezamos a dejar de dirigir la palabra. Es cierto que tener que volver al trabajo y gestionar la vida diaria nos afectó, pero nosotros tampoco supimos gestionarlo todo lo bien que deberíamos haberlo hecho.
Lo cierto es que aguantamos bastante tiempo más. No me juzguéis, sé que probablemente fue un error hacerlo y que debería haber terminado mi relación ahí, pero decidimos continuar porque era lo mejor para nuestro hijo y para la familia. Ya sabéis que estas cosas suelen pasar y que también tienen su justificación. De todos modos, fue un error hacerlo y la verdad es que no lo hubiera repetido en ningún momento. Lo que ocurrió fue que estuvimos demasiado tiempo así. Cuando nuestro hijo era un adolescente es cuando decidimos empezar a mover el tema del divorcio porque sabíamos que no íbamos a poder aguantar una situación así por más tiempo.
El procedimiento legal para realizar el divorcio fue totalmente amistoso, no hubo nada que me hiciera sentir especialmente incómodo. Además, y como consecuencia directa de lo que acabo de mencionar, el divorcio fue un proceso muy rápido y pude comenzar una nueva vida de manera rápida. La custodia de nuestro hijo era compartida y lo cierto es que nos sentíamos especialmente cómodos con este tema. Íbamos turnándonos en el domicilio familiar por periodos de 6 meses y las cosas funcionaron bien así al principio, con algunos pequeños debates de escasa importancia de por medio, pero bien al fin y al cabo. Es lo que suele ocurrir en muchos matrimonios en los que las dos personas que lo componen son maduras.
Las cosas empezaron a cambiar cuando nuestro hijo adquirió la mayoría de edad. Este fue un período de cambios para todos nosotros puesto que su madre decidió irse a vivir al extranjero, mientras que él deseó quedarse a vivir en España y, por tanto, conmigo. Tengo que añadir que mi hijo todavía era económicamente dependiente puesto que se encontraba estudiando una carrera en la universidad y que, por tanto, todos los gastos que tenían que ver con su alimentación, por ejemplo, empezaron a recaer sobre mí ya no solo durante 6 meses al año, sino durante la totalidad del año. Pero claro, mi mujer estaba obligada a seguir pasándome una pensión. Algo lógico.
El problema más grave llegó cuando ella dejó de pasar la pensión alimenticia para mi hijo. La cosa se fue extendiendo varios meses y, a pesar de que intenté tratar el tema con ella por la vía de la amistad, no me fue posible que el asunto se corrigiera. Por tanto, empecé a buscar información para saber de qué manera podía recurrir el tema y que ella se viera obligada a realizar el pago correspondiente. Lo que me indicó que tenía todas las de ganar en el proceso fue un artículo que vi en la web de Sr. Puente Abogados, abogada experta en violencia de género en Granollers. Lo que vi en ese artículo es que yo tenía todo el derecho a seguir reclamando la pensión alimenticia para mi hijo a pesar de que ya fuera mayor de edad. Por tanto, procedí a interponer una denuncia y ponerme en manos de un abogado.
Las cosas, tal y como yo esperaba desde un principio, se sucedieron de manera bastante rápida. Los abogados me transmitieron tranquilidad desde el primer momento porque me confirmaron que tenía toda la razón en mis peticiones. El proceso no se alargó demasiado y el juez nos otorgó la razón, así que mi exmujer tuvo que agachar la cabeza, volver a pagar la parte correspondiente y pagar con intereses por todos los meses en los que había dejado de proporcionarme la misma. Tengo que decir que nunca he querido ningún mal para ella, pero la resolución de nuestro caso me dejó un buen sabor de boca y, sobre todo, muchísima tranquilidad.
Como es normal, la única víctima de todo esto, que ha sido mi hijo, no se ha sentido cómodo con esta situación ni mucho menos. He tenido que mantener una comunicación fluida con él para que no se sintiera culpable de lo que pasaba entre su madre y yo. Nos ha costado lo nuestro, pero la verdad es que parece que lo hemos conseguido. Acudimos a un psicólogo en su día que nos ayudó bastante y, con la vuelta a la normalidad tras el pago de la pensión por parte de mi exmujer, parece que la situación se ha relajado bastante. Y menos mal. Estoy seguro de que muchas personas pasan por algo parecido en la actualidad en España y tengo que decir que no es nada sencillo afrontarlo.
Una situación que es tristemente habitual
Una situación de divorcio es bastante habitual en un país como el nuestro en los tiempos que corren. Así nos lo hace saber un artículo publicado en el diario La Vanguardia, en el que se dice que más del 50% de los matrimonios se acaba separando. Es una cifra que nos produce bastante pena, pero que caracteriza a la sociedad en la que nos movemos puesto que la noticia data del mes de marzo del año pasado.
Además, los últimos datos, a los que estamos teniendo acceso a lo largo de este año, revelan que vamos al alza en este sentido. En una noticia publicada por la Cadena Ser y que data del mes de julio de este mismo año, se dice que el ascenso en el número de divorcios ha sido del 8’2% este año, tras un par de años de caídas. Y luego está el tema de las separaciones, que ya sabéis que no conllevan necesariamente un divorcio, y que se han acrecentado en un 6’6%.
Por tanto, la situación que yo he vivido puede ser la que tengan que vivir muchas personas en este país. Y da lo mismo el sexo de la persona que la sufra y el de la que la provoca: hay hombres y mujeres que las sufren y hombres y mujeres que las provocan. No es una cuestión que haya que afrontar desde ese prisma. Lo que sí hay que garantizar es que haya justicia y que nadie se salga con la suya. De este modo, la sociedad en la que vivimos será mucho más sería y ofrecerá más argumentos para confiar en ella.