Buscar

¿Bragas menstruales?

Nos estamos convirtiendo en un mundo completamente consumista. Cuando viví un año en Madrid me di cuenta, porque en Cádiz no se nota tanto. Estar allí fue como un puñetazo de realidad: miles de personas en la Gran Vía entrando en TODAS las tiendas, llevando consigo pares y pares de bolsas, sonriendo, gritando y deseando gastar dinero. Y, en contraposición, las calles llenas de mendigos pidiendo un mísero euro para un café mientras la gente, que se gastaba sin exagerar 200 € en ropa como si nada, pasaba olímpicamente de ellos. Era horroroso…

Todo lo que compramos, encima, son cosas inútiles, de menos calidad que hace unos años, que está programado para que dure menos, se rompe antes y tengas que cambiarlo pronto por otro. Hay algunos productos que, por ley, ya están cambiando esto, como los móviles, por la ley de obsolescencia programada, que entrará en vigor en 2027, por fin, después de años y años de lucha para que esto dejase de ser así. Si ni siquiera podemos cambiar las baterías, estamos obligados a cambiar de MÓVIL cuando a ellos les dé la gana, y no es así.

Antes las cosas tenían vida. La ropa pasaba de hermanos mayores a pequeños, los muebles se arreglaban, los electrodomésticos se reparaban… hasta los juguetes sobrevivían generaciones enteras. Ahora no, ahora parece que si algo tiene dos años ya está “viejo”. Y venga a consumir, a comprar, a tirar, a comprar otra vez… Y las empresas encantadas, porque cuanto más consumes tú, más ganan ellas. A ellas les da igual si el planeta se llena de basura, si los mares están llenos de plástico o si los vertederos se hacen enormes. Mientras sigas comprando, el sistema funciona y esa es su prioridad.

Encima muchas veces ni siquiera compramos porque lo necesitemos, sino por ansiedad, por aburrimiento, por publicidad, por moda o porque las redes sociales nos meten cosas por los ojos para crearnos necesidades que, en un principio, no teníamos. Y en muchas ocasiones no hacen ni falta o terminan olvidadas en un cajón.

Y aunque muchas veces pensamos en el consumo como ropa, móviles, muebles o aparatos electrónicos, también hay otro tipo de consumo mucho más silencioso que repetimos cada mes casi sin cuestionarlo: el de los productos menstruales desechables. Porque una compresa o un tampón parecen poca cosa cuando los usamos, pero forman parte de esa misma lógica de usar, tirar y volver a comprar constantemente.

Por eso la menstruación también entra de lleno en este problema. No porque menstruar sea el problema, evidentemente, sino porque durante años se nos ha presentado una única forma de gestionarla: comprar productos desechables todos los meses, usarlos unas horas y tirarlos. Y claro, cuando algo ocurre cada mes durante décadas, el impacto deja de ser pequeño.

Dentro de todo este desastre también están los productos de higiene femenina, que es de lo que hoy vengo a hablaros: compresas, tampones, aplicadores, envoltorios, plásticos y más plásticos. Millones y millones cada día, productos que usamos unas horas y acaban directamente en la basura. Encima con unos precios para pararnos a reflexionar, tratándose de productos básicos de higiene femenina.

Las consecuencias del consumo

La cantidad de basura que generamos da miedo, y muchas veces yo ni siquiera pienso en ello porque la basura desaparece de mi casa y ya está. Soy como los demás, y me da mucho coraje serlo, pero es la realidad: tiro la bolsa al contenedor y hala, ya no hay nada de lo que tener que preocuparme. Pero no nos engañemos, esa basura no va a desaparecer. Esa basura acaba en vertederos gigantes, enterrada bajo tierra o directamente tirada en mitad de la naturaleza. Y no sabes cómo contamina eso…

Hay vertederos que parecen ciudades enteras de desperdicios, montañas enormes llenas de plástico, ropa, muebles rotos, aparatos electrónicos, envases, restos de comida y miles de cosas más. Muchísimas ni siquiera se reciclan, porque queda muy bonito hablar de reciclaje, pero una gran parte termina igualmente acumulándose en algún sitio. Y encima yo, que viajo mucho con mi pareja por la naturaleza en Galicia, veo carteles de “Próxima construcción de vertedero”, en un sitio tan precioso que me da muchísima rabia pensar que va a acabar convertido en un vertedero.

Cuando la basura se pudre o ciertos materiales se degradan, liberan sustancias tóxicas que contaminan el suelo y el agua, y esa agua llega a los ríos, al mar o incluso a cultivos. Y después nos preguntamos por qué hay microplásticos hasta en el pescado o en el agua que bebemos… El plástico es horrible: una bolsa puede tardar cientos de años en descomponerse. Una compresa también puede tardar siglos porque tiene muchísimo plástico dentro.

Encima, otra cosa de las que me da mucho coraje es que los animales también acaban pagando las consecuencias de nuestro consumo innecesario: hay tortugas atrapadas en plásticos, aves que comen residuos pensando que es comida y peces llenos de microplásticos. Y aun así seguimos produciendo basura como si el planeta fuese infinito, o como si no nos hiciésemos daño a nosotros mismos con esa cantidad de contaminación.

Por supuestísimo, el aire también lo sufre porque la basura también lo contamina, sobre todo cuando la quemamos para deshacernos de ella. Muchos residuos liberan gases contaminantes, otros generan metano al descomponerse, que es un gas muy relacionado con el calentamiento global. O sea, que no solo llenamos el planeta de basura visible, también empeoramos el clima.

La naturaleza sí lo sufre, los bosques lo sufren, los mares lo sufren, los animales lo sufren… y sinceramente, cada vez cuesta más mirar hacia otro lado.

Aquí es donde la conexión entre consumo e impacto ambiental se ve clarísima: no hablamos solo de objetos grandes, de ropa, de tecnología o de envases. También hablamos de productos pequeños, cotidianos y aparentemente inofensivos que usamos de forma repetida durante años. Cada paquete comprado genera más fabricación, más transporte, más envoltorios, más residuos y más basura que tarda muchísimo tiempo en desaparecer.

La menstruación

Soluciones para reducir la contaminación generada por los productos menstruales había desde hace muchísimos años, pero durante mucho tiempo las mujeres estuvimos bastante limitadas. En la práctica, lo normal, lo accesible y lo que encontrábamos en todas partes eran compresas, tampones y productos desechables. Las alternativas reutilizables existían, sí, pero no estaban tan presentes, no se anunciaban, no se vendían con facilidad y muchas veces ni siquiera se hablaba de ellas.

Y claro, mientras tanto, era mucho más rentable vender cajas y cajas de productos desechables todos los meses. Convertir algo natural, que ocurre constantemente durante media vida, en un negocio infinito basado en comprar, usar unas horas y tirar directamente a la basura daba muchísimo más beneficio que ofrecer opciones pensadas para durar.

Una compresa parece pequeña y no da sensación de contaminar demasiado, pero cuando juntamos todas las que puede utilizar una mujer durante toda su vida, o todas las que utilizan millones de mujeres en el mundo, la cantidad de residuos es una barbaridad. Ahí es donde se entiende de verdad el problema: no es un gesto aislado, es un consumo repetido durante años y años.

La menstruación no contamina por sí misma; lo que contamina es el modelo de consumo que se ha construido alrededor de ella. Nos acostumbraron a depender de productos de un solo uso para algo que forma parte de la vida de muchísimas personas durante décadas. Y ahí el problema deja de ser individual y se convierte en algo mucho más grande: consumo constante, residuos constantes e impacto ambiental constante.

Por eso no se trata de culpar a nadie por haber usado compresas o tampones desechables durante años. Durante mucho tiempo era prácticamente la única opción accesible, visible y normalizada. No había tanta información, no había tanta variedad y, desde luego, no era tan fácil encontrar alternativas como ahora.

Menos mal que la situación ha cambiado. Hoy las bragas menstruales se pueden comprar prácticamente en todas partes: tiendas especializadas, grandes superficies, farmacias, supermercados y tiendas online. Además, cada vez hay más modelos, más tallas, más niveles de absorción y precios más asequibles, así que ya no hablamos de una opción rara, cara o reservada para unas pocas personas.

Y eso cambia mucho las cosas. Porque ahora usar bragas menstruales no solo puede ser una decisión buena para nuestro bolsillo o para nuestra comodidad, sino también para el planeta. Si encima son cómodas, duran mucho tiempo, evitan compras constantes y reducen una enorme cantidad de residuos, cuesta no verlas como una alternativa con muchísimo sentido.

Los expertos de Libertad Menstrual, un equipo comprometido en ofrecer esta alternativa sostenible, cómoda y de calidad, nos han explicado que las bragas mentruales reutilizables funcionan parecidas a las normales, pero están hechas de tela absorbente. Las puedes usar, lavar y volver a utilizar durante mucho tiempo. Hay distintos tamaños para cada niña y mujer, distintos niveles de absorción y diferentes tejidos, según lo que necesites y según la intensidad de tu periodo. Algunas duran años perfectamente si se cuidan bien.

Y sinceramente, creo que todos deberíamos pensar que, si teniendo dos o tres bragas mentruales no tenemos que comprar cada mes un paquete de compresas que van a contaminarlo todo, merece bastante la pena. Encima, si además de ser menos contaminantes, son más cómodas que las compresas normales que no sé para ti, pero para muchas son un espanto, sobre todo en verano con el calor y el sudor, también ganan puntos.

Por eso las bragas menstruales encajan tan bien en esta reflexión: no son solo una alternativa cómoda, también son una forma de consumir menos. En lugar de depender cada mes de productos de un solo uso, se utilizan, se lavan y se vuelven a usar. Es una manera mucho más coherente de gestionar algo natural sin convertirlo en una fuente continua de residuos. Además, también cambian un poco la forma de pensar la menstruación. Ya no se trata de comprar paquetes y paquetes todos los meses como si no hubiese otra opción, sino de tener un producto preparado para durar, acompañarte durante muchos ciclos y reducir esa basura que antes parecía inevitable. Y eso, dentro del mundo consumista en el que vivimos, ya es bastante revolucionario.

Comprar menos y reutilizar más empieza a ser urgente

Sinceramente, cada vez que me paro a pensar en cómo vivimos hoy día, siento que algo se nos ha ido completamente de las manos. Miro alrededor y veo casas llenas de objetos que apenas se usan, armarios reventados de ropa, cajones llenos de cables y aparatos olvidados, paquetes llegando constantemente y bolsas de basura a montones por la calle. Ahora todo esto es algo normal. Consumir se ha convertido en una rutina imparable, como si siempre necesitase algo nuevo para sentir que estoy al día, aunque realmente no me haga falta absolutamente para nada.

A mí me fastidia mucho la sensación de que todo está pensado para durar poco a propósito. Porque no me creo que sea casualidad que antes una lavadora aguantase quince años y ahora parezca vieja en cuatro. No me creo que antes la ropa resistiese muchísimo más y ahora haya camisetas que se deforman después de dos lavados. Todo parece fabricado para romperse, pasar de moda o quedarse “anticuado” muy rápido, simplemente para obligarme a volver a comprar otra vez. Y mientras tanto, seguimos llenando el planeta de basura completamente innecesaria.

Siento que nos han metido en la cabeza una ansiedad constante por consumir. ¿Soy la única que, cada vez que entra en redes sociales, ve a alguien mostrando productos para que nos compremos sus seguidores? Y encima se crea en nuestro cerebro la sensación de que, si lo aconseja, es porque es bueno, así que lo necesito. Y así es como se acumulan objetos absurdos mientras las empresas siguen ganando dinero a costa de convertirnos en máquinas de comprar y tirar. Porque esa es la realidad: cuanto más consumo, mejor funciona su negocio.

Y mientras todo eso pasa, el planeta cada vez está peor, las playas se llenan de plástico, los mares se contaminan, los animales mueren por los residuos, los bosques son destruidos y los vertederos crecen más y más. Pero seguimos actuando como si no pasase nada, como si tirar cosas constantemente no tuviese consecuencias. Y sinceramente, me cuesta muchísimo no sentir rabia viendo cómo hemos normalizado vivir rodeados de desperdicios solo para mantener este consumo absurdo funcionando todo el tiempo.

Por eso cada vez reutilizo más cosas, reparo algo que puede ser usado de nuevo y dejo de comprar por comprar. Porque honestamente, no necesito veinte cosas nuevas cada mes, no necesito cambiar algo que todavía funciona.

Y en la menstruación venos un claro ejemplo. No se trata de hacer un cambio perfecto ni de convertirlo todo en una obligación, pero sí de entender que cada pequeña decisión repetida durante años tiene un gran impacto. Ahora que las alternativas reutilizables están mucho más al alcance de todos, conseguimos romper con una dinámica muy grande: comprar, usar, tirar y volver a empezar.

La decoración de interiores

El concepto de hogar ha dejado de ser un mero refugio arquitectónico destinado a guarecerse de las inclemencias meteorológicas o a cumplir con las necesidades biológicas básicas de descanso y

El masaje tántrico está de moda

El principal objetivo que tienen los masajes tántricos es el de poder elevar la capacidad de pasarlo bien con las sensaciones de nuestro cuerpo. En los países occidentales se define