Odio el mundo consumista en el que nos hemos convertido. Cuando viví un año en Madrid me di cuenta, porque en Cádiz no se nota tanto. Pero como la capital de España es lo más grande, como Barcelona, estar allí fue como un puñetazo de realidad: miles de personas en la Gran Vía entrando en TODAS las tiendas, llevando consigo pares y pares de bolsas, sonriendo, gritando y deseando de seguir gastando dinero. Y, en contraposición, las calles llenas de mendigos pidiendo un mísero euro para un café mientras la gente, que se gastaba sin exagerar 200 € en ropa como si nada, los miraba con asco y pasaba olímpicamente de ellos. Era horroroso… lo peor que he pasado en mi vida con el consumismo, lo digo en serio.
Todo lo que compramos, encima, son cosas inútiles, de menos calidad que hace unos años, que está programado para que dure menos, se rompe antes y tengas que cambiarlo pronto por otro, porque si no te quedas sin él. Hay algunos productos que, por ley, ya están cambiando esto, como los móviles, por la ley de obsolescencia programada, que entrará en vigor en 2027, por fin, después de años y años de lucha para que esto dejase de ser así. Si ni siquiera podemos cambiar las baterías, estamos obligados a cambiar de MÓVIL cuando a ellos les dé la gana, y no es así.
Antes las cosas tenían vida. La ropa pasaba de hermanos mayores a pequeños, los muebles se arreglaban, los electrodomésticos se reparaban… hasta los juguetes sobrevivían generaciones enteras. Ahora no, ahora parece que si algo tiene dos años ya está “viejo”. Y venga a consumir, a comprar, a tirar, a comprar otra vez… Y las empresas encantadas, porque cuanto más consumes tú, más ganan ellas. A ellas les da igual si el planeta se llena de basura, si los mares están llenos de plástico o si los vertederos se hacen enormes. Mientras sigas comprando, el sistema funciona.
Encima muchas veces ni siquiera compramos porque lo necesitemos, sino por ansiedad, por aburrimiento, por publicidad, por moda o porque las redes sociales nos meten cosas por los ojos para crearnos necesidad. Y no, la mayoría no hacen falta.
Dentro de todo este desastre también están los productos de higiene femenina, que es de lo que hoy vengo a hablaros: compresas, tampones, aplicadores, envoltorios, plásticos y más plásticos. Millones y millones cada día, productos que usamos unas horas y acaban directamente en la basura. ¿No estás cansado de eso? Porque yo sí…
Esto produce una cantidad de desechos impresionante
La cantidad de basura que generamos da miedo, y muchas veces yo ni siquiera pienso en ello porque la basura desaparece de mi casa y ya está. Soy como los demás, y me da mucho coraje serlo, pero es la realidad: tiro la bolsa al contenedor y hala, ya no hay nada de lo que tener que preocuparme. Pero no nos engañemos, esa basura no va a desaparecer. Esa basura acaba en vertederos gigantes, enterrada bajo tierra o directamente tirada en mitad de la naturaleza. Y no sabes cómo contamina eso…
Hay vertederos que parecen ciudades enteras de desperdicios, montañas enormes llenas de plástico, ropa, muebles rotos, aparatos electrónicos, envases, restos de comida y miles de cosas más. Muchísimas ni siquiera se reciclan, porque queda muy bonito hablar de reciclaje, pero una gran parte termina igualmente acumulándose en algún sitio. Y encima yo, que viajo mucho con mi pareja por la naturaleza en Galicia, veo carteles de “Próxima construcción de vertedero”, en un sitio tan precioso que me da muchísima rabia pensar que va a acabar convertido en un vertedero.
Cuando la basura se pudre o ciertos materiales se degradan, liberan sustancias tóxicas que contaminan el suelo y el agua, y esa agua llega a los ríos, al mar o incluso a cultivos. Y después nos preguntamos por qué hay microplásticos hasta en el pescado o en el agua que bebemos… El plástico es horrible: una bolsa puede tardar cientos de años en descomponerse. Una compresa también puede tardar siglos porque tiene muchísimo plástico dentro.
Encima, otra cosa de las que me da mucho coraje, es que los animales también acaban pagando las consecuencias de nuestro consumo innecesario: hay tortugas atrapadas en plásticos, aves que comen residuos pensando que es comida y peces llenos de microplásticos. Y aun así seguimos produciendo basura como si el planeta fuese infinito, o como si no nos hiciésemos daño a nosotros mismos con esa cantidad de contaminación.
Por supuestísimo, el aire también lo sufre porque la basura también lo contamina, sobre todo cuando la quemamos para deshacernos de ella. Muchos residuos liberan gases contaminantes, otros generan metano al descomponerse, que es un gas muy relacionado con el calentamiento global. O sea, que no solo llenamos el planeta de basura visible, también empeoramos el clima.
La naturaleza sí lo sufre, los bosques lo sufren, los mares lo sufren, los animales lo sufren… y sinceramente, cada vez cuesta más mirar hacia otro lado.
¿Qué es la menstruación?
La menstruación básicamente ocurre cuando el cuerpo se prepara para un posible embarazo y, si no sucede, elimina el revestimiento interno del útero junto con sangre. Eso pasa aproximadamente una vez al mes durante muchísimos años de la vida de una mujer. Es una función natural del cuerpo que todos conocemos muy bien.
Pero el gran problema es que, además, la menstruación también genera una cantidad brutal de residuos, muchísima más de la que parece. Una sola mujer puede utilizar entre 10.000 y 15.000 productos menstruales desechables a lo largo de su vida, y ahora multiplico eso por millones de mujeres en el mundo… el resultado es una montaña gigantesca de basura.
Y me pregunto: con lo avanzado que está el mundo… ¿cómo es posible que no se haya encontrado una solución a esto desde hace ya años? Pues la había, porque antes no existían las compresas. Antes se usaban braguitas o paños y, cuando se ensuciaban, se lavaban, se descontaminaban y se reutilizaban de nuevo. El sistema funcionaba, ¿qué pasó para que todo se fuese al garete con tantísimo plástico inútil?
No me queda otra que pensar que todo es por dinero. Porque soluciones había desde hace muchísimos años, pero claro, no daban tanto beneficio como vender cajas y cajas de productos desechables todos los meses. Era mucho más rentable convertir algo natural, que ocurre constantemente durante media vida, en un negocio infinito basado en comprar, usar unas horas y tirar directamente a la basura.
Y claro, una compresa parece pequeña y no da sensación de contaminar demasiado, pero cuando junto todas las que utiliza una sola mujer durante toda su vida (o la de todas las mujeres del planeta), la cantidad de residuos es una barbaridad.
La solución a esto
Las compresas reutilizables y las braguitas menstruales me parecen de las pocas cosas modernas que realmente tienen sentido, porque por una vez no se trata de consumir más, se trata justo de lo contrario: reutilizar.
Las expertas de Libertad Menstrual, un equipo de mujeres comprometidas con ofrecer una alternativa sostenible, cómoda y de calidad para gestionar la menstruación, nos han explicado que las compresas reutilizables funcionan parecidas a las normales, pero están hechas de tela absorbente. Las uso, las lavo y vuelvo a utilizarlas muchísimas veces. Hay distintos tamaños, distintos niveles de absorción y diferentes tejidos, como las compresas, según lo que necesites y según la intensidad de tu periodo. Algunas duran años perfectamente si las cuido bien.
Y sinceramente, creo que todos deberíamos de pensar que, si teniendo dos o tres compresas reutilizables no tenemos que comprar cada mes un paquete de compresas que van a contaminarlo todo, merece bastante la pena. Encima, si además de ser menos contaminantes, son más cómodas que las compresas normales (que no sé para ti, pero para mí son un espanto, sobre todo en verano con el calor y el sudor), también ganan puntos.
Las braguitas menstruales son parecidas a esto, pero son ropa interior absorbente preparada para recoger el flujo menstrual sin tener que usar compresas adicionales. Me las pongo, cumplen su función y después las lavo. Ya está, como las de antes, como lo que jamás debería haber desaparecido. Algunas aguantan bastantes horas dependiendo del flujo.
Lo realmente extraño no es reutilizar productos menstruales
Lo digo porque es lo que todos piensan. Hemos normalizado usar algo durante unas pocas horas y tirarlo inmediatamente a la basura durante toda una vida. Y no hablamos de una o dos veces, hablamos de miles y miles de compresas y tampones por persona. Todo lleno de plásticos, envoltorios y materiales que van a seguir contaminando muchísimo tiempo después de haberlos usado. Pero como estamos tan acostumbrados al “usar y tirar”, parece que nadie se plantea lo absurdo que llega a ser todo esto.
Además, el sistema está montado para consumir constantemente. Cada mes, vuelta a comprar compresas, tampones y más productos desechables. Año tras año, década tras década. Y claro, las alternativas reutilizables no interesan tanto porque duran muchísimo más tiempo y generan menos consumo. Esa es la realidad: mientras siga comprando cajas continuamente, el negocio funciona perfectamente. Y mientras tanto, los vertederos siguen llenándose de residuos que podrían evitarse fácilmente.
No sé a ti, pero a mí me cuesta muchísimo entender cómo seguimos viendo tan tranquilos sabiendo que contaminamos tantísimo por usar esos productos y tirarlos después. Lo cierto es que, aunque se piense lo contrario, cambiar pequeñas cosas ayuda mucho al planeta, porque hay menos plástico, menos basura, menos contaminación en mares, ríos y suelos…
No tienes que renunciar a todo, pero seguir utilizando productos que duran unas horas y contaminan durante siglos empieza a parecer una locura bastante difícil de justificar.
Comprar menos y reutilizar más empieza a ser urgente
Sinceramente, cada vez que me paro a pensar en cómo vivimos hoy día, siento que algo se nos ha ido completamente de las manos. Miro alrededor y veo casas llenas de objetos que apenas se usan, armarios reventados de ropa, cajones llenos de cables y aparatos olvidados, paquetes llegando constantemente y bolsas de basura a montones por la calle. Ahora todo esto es algo normal. Consumir se ha convertido en una rutina imparable, como si siempre necesitase algo nuevo para sentir que estoy al día, aunque realmente no me haga falta absolutamente para nada.
A mí me fastidia mucho la sensación de que todo está pensado para durar poco a propósito. Porque no me creo que sea casualidad que antes una lavadora aguantase quince años y ahora parezca vieja en cuatro. No me creo que antes la ropa resistiese muchísimo más y ahora haya camisetas que se deforman después de dos lavados. Todo parece fabricado para romperse, pasar de moda o quedarse “anticuado” muy rápido, simplemente para obligarme a volver a comprar otra vez. Y mientras tanto, seguimos llenando el planeta de basura completamente innecesaria.
Siento que nos han metido en la cabeza una ansiedad constante por consumir. ¿Soy la única que, cada vez que entra en redes sociales, ve a alguien mostrando productos para que nos compremos sus seguidores? Y encima se crea en nuestro cerebro la sensación de que, si la aconseja, es porque es bueno, así que lo necesito. Y así es como se acumulan objetos absurdos mientras las empresas siguen ganando dinero a costa de convertirnos en máquinas de comprar y tirar. Porque esa es la realidad: cuanto más consumo, mejor funciona su negocio.
Y mientras todo eso pasa, el planeta cada vez está peor, las playas se llenan de plástico, los mares se contaminan, los animales mueren por los residuos, los bosques son destruidos y los vertederos crecen más y más. Pero seguimos actuando como si no pasase nada, como si tirar cosas constantemente no tuviese consecuencias. Y sinceramente, me cuesta muchísimo no sentir rabia viendo cómo hemos normalizado vivir rodeados de desperdicios solo para mantener este consumo absurdo funcionando todo el tiempo.
Por eso cada vez reutilizo más cosas, reparo algo que puede ser usado de nuevo y dejo de comprar por comprar. Porque honestamente, no necesito veinte cosas nuevas cada mes, no necesito cambiar algo que todavía funciona.
De hecho, cuanto más veo este ritmo de consumo constante… más absurdo me parece todo.