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El riesgo de soledad y abandono en las personas mayores no deja de crecer: qué está pasando y cómo evitarlo

La mañana del miércoles 23 de septiembre, en el barrio de Retiro de Madrid, una comisión judicial ejecutó el cuarto intento de desahucio contra Mari Carmen, una vecina de 87 años que lleva siete décadas viviendo en el mismo piso de la calle Alcalde Sainz de Baranda. Según ha informado su abogada, Beatriz Duro, la propiedad —un fondo de inversión que adquirió el inmueble en 2020— se ha negado a suspender el lanzamiento por razones humanitarias y ha rechazado conceder un plazo de entre quince días y un mes para que Maricarmen pudiera abandonar su vivienda de forma digna y retirar sus pertenencias. Tampoco se ha aceptado la propuesta de una donante anónima que se había ofrecido a completar su renta. Cerca de un centenar de personas ha permanecido concentrada frente al edificio, después de que cientos de vecinos y activistas acamparan durante la noche para intentar frenar el desalojo.

El caso de Mari Carmen ha ocupado portadas durante meses, no porque sea una excepción, sino precisamente porque no lo es. Es la cara visible de algo que le está ocurriendo, en silencio y sin cámaras, a un número creciente de personas mayores en España: quedarse sin el lugar, sin la red y sin el apoyo que durante décadas dieron por garantizado.

Un problema que ya no es marginal

Durante años se habló de la soledad no deseada en la vejez como un asunto doloroso pero minoritario. Los datos recientes obligan a corregir esa idea. La Organización Mundial de la Salud creó una Comisión sobre Conexión Social cuyo primer informe concluye que una de cada seis personas en el mundo está afectada por la soledad, un problema que impacta en la salud mental y que se asocia a cerca de 871.000 muertes al año; el estudio detalla además que la soledad y el aislamiento afectan a personas de todas las edades, pero golpean con especial intensidad a un tercio de las personas mayores en todo el planeta. El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, lo resumió con una frase que describe bien la paradoja actual: en una era con posibilidades de conexión incontables, cada vez más personas se sienten aisladas y solitarias.

En España, el Imserso —el organismo público responsable de las políticas de mayores y dependencia— ha reconocido la magnitud del fenómeno hasta el punto de plantear una estrategia nacional específica contra la soledad no deseada, señalando el envejecimiento de la población, el aumento de los hogares unipersonales y el efecto de la pandemia como factores que han acelerado un problema que ya venía gestándose.

Estos datos no describen un problema abstracto. Describen a personas concretas: alguien de 87 años enfrentándose sola a una comisión judicial porque su pensión no llega a cubrir una subida de alquiler del 275%; alguien que vive a pocos metros de sus vecinos, pero que no habla con nadie durante días; alguien cuyos hijos viven en otra ciudad y cuya única visita semanal es la del cartero.

Por qué el riesgo ha aumentado precisamente ahora

Varios factores se han combinado en los últimos años para intensificar esta situación. No son problemas aislados ni circunstancias que afecten únicamente a determinados perfiles: vivienda, soledad, pérdida de redes de apoyo y dificultades para desenvolverse en un entorno cada vez más digital pueden acumularse y dejar a una persona mayor con muy poco margen de maniobra cuando aparece un imprevisto.

La crisis de vivienda golpea con más fuerza a quien tiene menos margen de maniobra. Una persona mayor que depende de una pensión fija no cuenta con las mismas posibilidades de adaptación que alguien que todavía puede cambiar de empleo, aumentar sus ingresos o trasladarse por motivos laborales. Una subida importante del alquiler, un cambio de propietario o la necesidad de abandonar una vivienda en la que lleva décadas viviendo pueden alterar de forma radical su situación. El caso de Mari Carmen ilustra un patrón que puede aparecer en personas con contratos antiguos, cambios en la propiedad del inmueble o dificultades para asumir los precios actuales del mercado. Cuando la vivienda habitual deja de ser estable, las consecuencias van mucho más allá de la cuestión económica: también afectan a las rutinas, al entorno conocido y a las relaciones que se han construido durante años.

Las familias están más dispersas geográficamente. Hijos e hijas que trabajan en otras ciudades o países, familias con menos miembros y jornadas laborales que dificultan la atención cotidiana hacen que el apoyo familiar no siempre esté disponible de forma inmediata. Esto no significa necesariamente que exista abandono o falta de interés. Muchas veces hay voluntad de ayudar, pero la distancia convierte tareas sencillas —acompañar a una cita médica, hacer una gestión, detectar que algo no va bien o simplemente pasar unas horas juntos— en algo mucho más difícil de mantener con frecuencia.

La brecha digital deja fuera a quien más necesitaría estar conectado. Buena parte de las gestiones cotidianas se ha trasladado a internet: operaciones bancarias, citas, trámites administrativos, compras o comunicación con determinadas empresas y servicios. Para quienes no tienen las habilidades necesarias o carecen de dispositivos y apoyo para utilizarlos, esta transformación puede generar una dependencia adicional. La tecnología, que para otras generaciones facilita el contacto y la autonomía, puede convertirse en una barrera cuando no existen conocimientos, confianza o alguien cercano que ayude a resolver las dificultades.

La pérdida de la pareja o del círculo social cercano también puede modificar por completo la vida cotidiana. El fallecimiento de la pareja, una enfermedad, la pérdida de amistades o la propia movilidad de las personas del entorno pueden hacer que una red social que durante años parecía estable se reduzca rápidamente. El problema no es únicamente tener menos compañía. También desaparecen rutinas compartidas, pequeñas ayudas y personas capaces de detectar cambios en el estado de ánimo, en la salud o en las necesidades del día a día. Por eso, una persona puede pasar de tener una vida social relativamente activa a encontrarse con muchas horas de soledad sin que haya existido un acontecimiento único que explique ese cambio.

Y la propia vivienda puede dejar de ser ese espacio seguro que se daba por hecho. Una avería, un problema de accesibilidad, una situación económica que impide mantener el inmueble o la amenaza de tener que abandonarlo pueden generar una incertidumbre especialmente difícil de gestionar cuando no existe una alternativa clara. Para algunas personas mayores, el hogar no solo representa un lugar donde vivir, sino también la última referencia estable de su vida cotidiana. Cuando esa estabilidad se rompe, la sensación de vulnerabilidad puede aumentar considerablemente.

Todos estos factores se vuelven especialmente relevantes cuando aparecen juntos. Una persona que vive sola, tiene ingresos limitados, está lejos de sus familiares y además encuentra dificultades para realizar gestiones por internet, dispone de menos recursos para reaccionar ante una crisis de vivienda que alguien que cuenta con una red cercana y mayor capacidad económica. Por eso, el riesgo no depende únicamente de la edad ni de una circunstancia concreta, sino de cómo se combinan las condiciones económicas, familiares, sociales y residenciales de cada persona.

Las consecuencias van mucho más allá de «sentirse triste»

Aquí conviene ser preciso, porque la soledad no deseada no es solo una cuestión emocional: tiene un correlato físico medible. El propio informe de la OMS señala que la soledad y el aislamiento incrementan el riesgo de enfermedades cardíacas, diabetes y declive cognitivo, además de duplicar las probabilidades de sufrir depresión. En otras palabras: el aislamiento social en la vejez no solo empobrece la calidad de vida, sino que acorta la esperanza de vida y acelera enfermedades.

A esto se suman consecuencias más cotidianas, pero igual de serias: menor adherencia a tratamientos médicos porque no hay nadie que recuerde tomar la medicación, caídas que tardan en ser detectadas por falta de compañía, desnutrición por desmotivación para cocinar solo, y un deterioro cognitivo que avanza más deprisa cuando no hay estimulación social diaria.

Cómo evitarlo: el papel de las residencias

Frente a este panorama, la respuesta habitual —»que se quede en casa el mayor tiempo posible»— parte de una buena intención, pero no siempre es la más realista ni la más segura, sobre todo cuando la vivienda ya no ofrece estabilidad, cuando la familia no puede sostener un cuidado diario, o cuando la soledad ya se ha instalado en el día a día. En ese contexto, una residencia bien gestionada deja de ser el último recurso al que se recurre por obligación, y pasa a ser una decisión activa para recuperar compañía, seguridad y rutina.

Pero no cualquier centro cumple esa función. La diferencia entre una residencia que realmente combate la soledad y una que simplemente aloja está, sobre todo, en cómo se vive el día a día dentro de sus paredes. Los profesionales de Residencia Castilla insisten en una premisa que resulta central para entender qué hace que una estancia funcione de verdad: es importante garantizar una vida agradable, en la que se involucre a familiares y amigos en las actividades que se llevan a cabo en el centro, consiguiendo así hacer sentir a cada residente de la mejor manera posible.

Esa frase condensa varios elementos que la evidencia sobre soledad en mayores respalda como determinantes.

El vínculo familiar no debe romperse al entrar en una residencia, debe reforzarse. Uno de los mayores temores de las personas mayores y de sus familias respecto a una residencia es que el ingreso suponga un distanciamiento, casi una despedida anticipada. Cuando el centro construye activamente espacios para que la familia participe —celebraciones, comidas conjuntas, actividades abiertas, fechas señaladas vividas en compañía— ese temor se disuelve, y la residencia pasa a ser una extensión del hogar familiar, no una alternativa a él.

Las actividades y fiestas no son un adorno, son la estructura del vínculo social diario. La rutina social —tener algo que esperar cada semana, un cumpleaños que celebrar, una fiesta de temporada, un taller compartido— es exactamente el tipo de estímulo que, según describen los organismos que estudian el envejecimiento, protege frente al deterioro cognitivo y frente a la depresión asociada al aislamiento. Una agenda de actividades bien diseñada convierte cada semana en algo con sentido, en lugar de en días indistinguibles entre sí.

Sentirse acompañado, no solo atendido. Hay una diferencia real entre una residencia que cubre necesidades básicas —comida, higiene, medicación— y una que además cuida el estado de ánimo, la sensación de pertenencia y la dignidad de cada residente. Esa diferencia es precisamente la que marca si una persona mayor vive sus últimos años con compañía o con una soledad simplemente trasladada de domicilio.

Qué mirar al elegir una residencia, con la soledad como criterio

Para las familias que se enfrentan a esta decisión, conviene ir más allá de la habitación y las instalaciones, y preguntar específicamente por aquello que combate el aislamiento:

¿Cómo se involucra a la familia en el día a día, más allá del horario de visitas? Un centro que organiza celebraciones abiertas, que invita a comidas conjuntas o que facilita la participación familiar en actividades no solo entretiene: sostiene el vínculo que evita que el ingreso se viva como una ruptura.

¿Existe una programación de actividades real y variada, o es solo una hoja informativa? Conviene preguntar qué se hace un martes cualquiera, no solo en Navidad.

¿Cómo se detecta y se acompaña a quien tiende a aislarse dentro del propio centro? Porque el aislamiento también puede producirse dentro de una residencia si no hay atención individualizada a quien participa menos.

¿Cómo se comunica el centro con la familia sobre el estado emocional, no solo el físico, del residente? El seguimiento del ánimo y de la vida social interna es tan importante como el seguimiento médico.

Lo que este nos recuerda

Lo ocurrido en el Retiro no es solo una noticia de vivienda. Es un recordatorio incómodo de lo desprotegidas que pueden quedar las personas mayores cuando las circunstancias —económicas, familiares, habitacionales— se alinean en su contra, y de la rapidez con la que alguien puede pasar de tener una vida estable de setenta años a enfrentarse, sola, a una comisión judicial.

No todas las historias de soledad y desprotección en la vejez terminan en un desahucio con cámaras delante. La mayoría son silenciosas: una persona que deja de salir, una llamada que cada vez se espacia más, una Navidad que se pasa sola porque los hijos no pudieron viajar. Pero el fondo del problema es el mismo: personas mayores que, en algún momento, dejan de tener a su alrededor la red que necesitan para vivir con dignidad y compañía.

Prevenir ese desenlace exige mirar el problema con la seriedad que merece —como hacen ya la OMS y el Imserso al situarlo entre sus prioridades— y, a nivel individual y familiar, tomar decisiones a tiempo, antes de que la soledad se instale. Una residencia que entiende su función no como un simple alojamiento, sino como un espacio activo de compañía, vínculo familiar y vida social diaria, es una de las herramientas más eficaces que existen hoy para evitarlo.